2008/05/04

Hace poco tiempo descubrí la página www.orsai.es de Hernan Casciari. La forma de escribir de Hernan nos llega hasta las entrañas, muy fácil de leer y por cada línea que imprime se puede experimentar cada una de las cosas que vivió el autor.

Tuve la suerte de encontrarme con el siguiente relato que me tomo el atrevimiento de citar.

Tan lejos del dolor y de la
fiesta


La noche del 27 de diciembre de 2001, una semana
después del caos, ya habíamos tenido cuatro nuevos ex-presidentes, y yo buscaba
con desesperación, en Barcelona, un bar con TV satelital para ver a Racing salir
campeón en un país que se estaba cayendo a pedazos.

Recuerdo el
bar, casi vacío. Dos españoles mirando esa final como quien ve llover, un
camarero aburrido y con sueño, y un chico argentino, desgarbado, envuelto en una
bandera celeste y blanca, sentado solo en una mesa, agarradito a una botella de
Damm. Cristina y yo nos acodamos en la barra. Afuera un invierno cerrado, que no
hacía juego con las tribunas que mostraba la tele, con la hinchada enloquecida y
en cuero, revoleando las camisetas.

Había sido una semana muy rara.
El día veinte me desayuné con esta portada en La Vanguardia, el 21 con esta
otra, y desde entonces en los noticieros españoles no se habló de otra cosa más
que de la debacle de un pueblo.

Los catalanes me preguntaban por
mi familia, si estaban bien, si les había ocurrido algo. Los taxistas —al
escuchar mi acento— querían saber cómo era posible, un país tan rico, gente tan
culta. Argentina se estaba yendo a la mierda como siempre: es decir, más que
nunca. Pero esta vez yo no estaba.

Nunca pensé que sería tan triste
el fútbol. Desde que tengo uso de razón, una de los milagros que más deseé en la
vida es que Racing saliera campeón mientras viviera mi padre (confié siempre en
su longevidad mucho más que en el equipo), que pudiéramos verlo juntos como lo
vimos descender en el '83, como lo vimos resurgir un año después, contra Lanús
en cancha de River. Ver juntos a Racing campeón, en el sillón de casa o en la
cancha, y después ir a una plaza a gritar, o a tocar bocina por la calle
venticinco; eso quería yo.

A diez mil kilómetros, tan lejos y tan
cerca del milagro, mis ojos miraban el monitor —aburridísimo partido— pero
estaban en otra parte: mi vieja trayendo el mate, yendo y viniendo de la cocina
al comedor, preguntando "cómo van"; mi papá en su sillón de siempre, mirando la
hora, puteando al idiota que llamaba por teléfono (mi papá piensa que si alguien
llama por teléfono en medio de un partido trascendente, es mujer o es puto). Y
después mi sillón vacío. No podía dejar de pensar en mi hueco sin nadie, y me
molestaba en el hígado saber que mi viejo tampoco estaba disfrutando porque le
faltaba algo. No podía dejar de pensar que todo el mundo estaba en su sitio
menos él y yo.

Cuando el juez señaló el centro del campo y pitó el
final, Racing había salido campeón después de 34 años. Yo tenía treinta, y un
nudo en la garganta del tamaño de un pomelo. Automáticamente agucé el oído para
empezar a oír los bocinazos de los coches por Passeig Sant Joan. El silencio fue
como un cachetazo. El chico argentino, desgarbado, que había moqueado en
silencio durante todo el partido, ahora había metido la cabeza entre los brazos
y se había hundido en el llanto. Pensé que seguramente también pensaba en su
padre, en esas ironías.

Entonces miré al camarero y al dueño del
bar, a ver si me hacían un guiño, pero lavaban las copas y miraban la hora
esperando cerrar, como si en ese pitido arbitral no hubiese cambiado el mundo
para siempre. Me acuerdo como si fuera ahora: mientras Macaya Márquez hacía el
resúmen del partido, me puse de espaldas a Cristina para que no me pensara un
maricón, para que no me viera llorar ni creyera que el fútbol, esa tontería,
podía hacerme sufrir.

Lloré de cara a la pared, en un lugar del
planeta donde Racing no era nada. Nunca —ni antes ni después— me había sentido
tan lejos de todo lo mío, tan a destiempo del mundo, tan del revés de mi vida,
tan en orsai, desesperadamente solo. Lejos como nunca del dolor y de la
fiesta.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Vaya, justo el 27 de diciembre es mi cumpleaños...

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